miércoles, 19 de marzo de 2014

Imagínensela.


Tras más de un mes sin publicar nada por estos lares retomo un poco el blog y os dejo esta pequeña predicción social, producto de un exacerbado análisis marxiano, que está incluída en mi recién publicado (aunque marroneramente) librico de relatos titulado Ojalá encuentres aquí un tucán que presenté en un recital poético en la Casa Zorrilla de Valladolid el pasado viernes siete de marzo. Dicha obra está prologada por mi buen amigo Enrique Zamorano, mentiroso por antonomasia debido a su condición de poeta, y que se dedica a halagarme en tal prólogo como quien piensa a día de hoy que la Literatura aún sirve de algo en el mundo. En fin, os dejo su blog aquí por si queréis injuriarle y/o recomendarle que se aleje de tipos desencantados como yo, condenados a la larga al absoluto Silencio que anunciaba Arnold Hauser en su Sociología del Arte.

Ahora es cuando os vendo la moto os anuncio pomposamente que mi librico, además, queda a vuestra disposición, si así lo solicitáis por correo (diletantetunante@gmail.com), por teléfono, guasa, telelegram etc. Yo, como buen rojo que no cree en el dinero, ni en la mano invisible ni en nada de nada (Vamos, que soy un gentil, un pagano subversivo etc.), no pido más que el importe de la impresión (3€ por unas enjundiosas noventaitantas páginas encuadernadas, ¡A quién no le va a gustáh...!) más la voluntad, cantidad abstracta, voluble y metafísica donde las haya, que diligentemente dejo en manos de vuestro generoso criterio.
  
Ojo al dato: tiramos tanto la casa por la ventana que estoy dispuesto, incluso, a hacer envíos por correo si existese en cualesquiera lugar de éstas nuestras Españas, individuo o ente capaz de albergar en sí semejante interés por mis vomitonas literarias porque, quién sabe, hay de todo en la viña del Señor y yo no soy quién para discutir sus inescrutables caminos; no voy a ser más papista que el Papa.

Y retículos endoplsmáticos.

¡Salud!
...

 
 IMAGÍNENSELA.

¡Imagínensela! Ahí, trepando por mis brazos, envuelta en extraños satenes clorhídricos; diminuta y hermosa como una pléyade o como una gota de sudor en la piel arrugada. Deslizándose, deslizándose como una muñeca de porcelana japonesa. Imagínensela, voluptuosa mujer reducida mediante alguna tzantza de alto standing, cansada de la abstinencia forzosa de una vitrina multimillonaria en una urbanización de lujo al sur de Málaga.
¡Oh, mujer diminuta que se acaricia y se frota con mis dedos grandes como troncos! Deliciosa criatura almizclada de proporciones liliputienses. Oh, dime, niña natural, ¡dime a mí que te sostengo en el regazo! Cuéntame cuán ardiente es tu tesoro; dime si llevas en ti una pequeña ascua de cigarro. Háblame de las uvas jugosas y del Vino. Háblame de resina seca y de sustancias tan oleaginosas como ella. Háblame, en fin, de tu levedad. No llegas a envolver mis dedos con tu mano pero los bombeas intuyendo en ello una Acción Directa exquisita, ¿y cómo podrías dejar de hacerlo, al estar aguijoneada por dentro con las setecientas mil setecientas setenta y siete cuchillas plateadas del salmón rojo?
¡Dime, niña! Mírame fijamente con tu ámbar báltico, mírame digo, y dime. Dime qué ves ante un gigante.
Imagínensela. En su caja diminuta, quietecita, a la espera del Hombre Grande que llegará dentro de dos horas. Debes estar reluciente como el resto de la vajilla, libre de películas de polvo de mosca y cacerías nocturnas. Debes estar muerta. Muerta y pálida, como el anhelo de todas las mañanas; igual de violada que el posible y fresco cadáver a descubrir en una cuneta a cinco kilómetros del colegio, con señales inequívocas de manchas de azúcar derretido en la blusa provenientes del caramelo brindado desde la furgoneta. ¡Y el aullido aterrado del curioso dominical contemplando carroña etc.!
La neoburguesía ha creado un microproletariado para su satisfacción sexual. Saca tus uñas carmesíes y desgarra esto cuando ya no te sirva.
Imagínense a la mujer diminuta.                                                 ...

miércoles, 22 de enero de 2014

DE ZÍNGAROS VIOLENTOS E ITINERANTES.



 
Aquella mañana la troupe de violentos itinerantes se puso en marcha temprano, cuando apenas asomaba el sol en el horizonte arrasado. Las últimas ascuas de la hoguera morían envenenadas por la fina llovizna que lloriqueaba desde lo alto una nube celestial mientras el campamento hervía de actividad. Un pequeño grupito de radicales inmundos caminaba a cuatro patas dirigiéndose hacia una hondonada en la que manaba un pequeño arroyo que serviría para limpiar las zurraspas de sus anos y para rellenar las cantimploras y la gran olla grasienta que trasegaban siempre consigo para cocinar las distintas enjundias que iban escamoteando por ahí. Otros se dedicaban a untarse el rostro con tizones fríos a la vez que se proferían sonidos guturales entre ellos, expresando sin duda los sentimientos de regocijo que aquella sociable actividad les producía. La sección femenina del grupo, liberada del trabajo a causa del matriarcado dictatorial que practican estos zíngaros descarriados, prefería molestar a los anteriores toqueteando sus traseros y miembros viriles con el mayor de los descaros. Por último, ya cerca de la desierta carretera comarcal en cuyo borde estaba situado el campamento, un par de aquellos tunantes de botas de hierro, camisetas mugrientas llenas de símbolos masónicos e ikurriñas proetarras iban cargando el equipo en una camioneta desvencijada.
El vehículo estaba en unas condiciones deplorables; parecía que había sido obtenido de algún desguace y reparado de alguna manera por el mecánico de la banda (Sí, probablemente ese tipo de allí que, ceñudo y preocupado cual metafísico por la trascendencia del Da-Sein, se hurga la nariz a la par que arranca la carne de los huesos de las últimas presas de anoche y deposita tan suculento manjar en bolsas de plástico del Eroski) o si no por cualquier otro chiflado hippie. Efectivamente, la estructura y composición del curioso transporte no dejarían de intrigar al observador ibérico medio, poco acostumbrado a las ruedas de antiquísimo carro revestidas con neumático desgastado; ni tampoco pasaría indiferente ante la criselefantina carrocería de madera donde un cartel rezaba con elegantes letras góticas: “Buhoneros Asociados. Compañía de Acción Directa”, o ante el terrible hedor a tabaco de la cabina del conductor,  única parte original de fábrica que se conservaba, y donde se entreveían unas pequeñas cabezas reducidas colgando del retrovisor.
Cuando todos estuvieron listos montaron en el carricoche y envueltos en una nube alquitranada y sulfurosa, no en vano el combustible que utilizaban estas gentes era de producción casera, desaparecieron a toda velocidad carretera adelante, seguramente en busca de su próximo objetivo y dejando tras de sí inconmensurables cantidades de basura. ¡Cuántos inocentes no verían al día siguiente aquel bello sol rojo que ya se imponía sobre la noche! ¡Ah, no envidio a los miles de jóvenes asesinados y torturados, a los adultos baleados con crueldad o a las ancianas sodomizadas y quemadas vivas en contenedores de basura a las que permanecen unidas en postes de madera dispuestos solícitamente para tal efecto! Seguramente, mañana, cuando a estas mismas horas los gallos canten, una ciudad más arderá, tal y como hizo la mía. Nadie resiste jamás a su truculenta devastación. Nadie sobrevive a los ataques de estos cínicos. Bueno, yo sí lo hice, pero solo como consecuencia de un azar increíble que me eximió de los asombrosos dolores a los que el resto de mis conciudadanos estuvo sometido. Justamente me hallaba yo la tarde anterior junto a la puerta de mi casa, confortablemente sentado en una silla de plástico de la Coca-Cola, echando una gotica, cuando aparecieron. Me tomaron prisionero de inmediato, me ataron los pies para que no huyera y me llevaron consigo para que les fuera liando los canutos bajo pena de severo correctivo en caso de no hacerlo o hacerlo mal. Por ejemplo: te daban una hostia curiosa si ponías un filtro en vez de un cartoncillo, o si estaba demasiado cargado en un extremo y lo olían cuando lo catabas (pues a pesar de la restringida libertad en la que me encontraba, el derecho asentado en las firmes tradiciones se mantiene y, por tanto, quién lía se lo enciende). Como desempeñé bien mi actividad me quedé con ellos toda la noche y pude observar algunas de sus curiosas costumbres. Comentaré algunas que me atañían en ese drástico momento. Al parecer, estos itinerantes de vez en cuando toman prisioneros, pero según creí entender (hablan una jerga tremendamente compleja) eran solo provisionales y finalmente siempre los asesinaban. No sé, a todo esto, por qué a mí no me mataron, quizás se debiera a que llevaba puesta mi famosa casaca de aviador de la República Socialista Checa, una que tiene en el brazo una estrella roja y la inscripción: “VLU. Prešov” y les resultara simpático en consecuencia; aparte de toda la enjundia buena que les di para fumar.
La verdad es que hablar de todo este asunto me resulta muy doloroso ya que la experiencia fue terrible, a pesar de que yo era nuevo en la ciudad y que apenas me relacionaba con mis convecinos por lo que no me dio tiempo a desarrollar un nexo de tipo sentimental hacia nada ni nadie. No obstante, mi sólida filosofía y empatía universales me llevan a condenar tamaños atentados contra la dignidad humana, pues el simple recuerdo me sume en profunda indignación. Como consecuencia,  enterado de que sus andanzas los han llevado ya a distintas ciudades, entre ellas Burgos y Hamburgo que, por cierto, hoy ya se encuentran completamente arrasadas, me he decidido a describir una simple imagen de lo que ocurrió. Una instantánea, una simple escena como la que hemos visto antes, puede mostrar clara y distintamente lo degradados que son estos seres. Así pues, estas líneas tienen la pretensión de ser una denuncia tajante y necesaria, que aún nadie se ha atrevido a hacer frente a la posibilidad, bastante cierta por lo demás, de salvajes represalias. Espero que esto haga reaccionar por fin a las gentes honradas de este país y ponga término a la violencia despiadada de los vándalos descontrolados e itinerantes.
Mientras ellos estén libres, yo, y sin duda otros tantos españoles de bien, no podremos dormir tranquilos.

domingo, 19 de enero de 2014

Las Parcas



Después de unas desconsoladoras semanas de exámenes con todo el deterioro mental que eso supone vuelvo a publicar alguna cosica, evidentemente antigua, pues a ver quién es el gracioso necesarísimo que haga eso. Es un pequeño relato con varias connotaciones surrealistas, subversivas y que además aparecerá en la próxima recopilación de relatos que tendré lista el mes que viene, a ver si por fin ya, y con un prólogo de mi buen amigo Enrique Zamorano. (Podéis ver su blog pinchando aquí.).

 Pues eso, que en este relato que sigue hay porno duro, jipis adolescentes desnudas, violencia callejera, etc. O quizás no.
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Dos viejas están frente a frente en un destartalado desván. Ambas sentadas en sendas mecedoras que a cada vaivén crujen de pura decadencia. No hay luz en la estancia excepto la que proporciona, como si fuese un foco, el sol rojo que se cuela a través de un ventanuco situado bajo la gran viga transversal que divide el desván en dos mitades. Cada una de las dos ancianas está situada en uno de los lados, separadas y divididas por aquella frontera invisible de fotones producto del viaje lisérgico de algún lejano astro incandescente situado tras las paredes de la discordia, encaladas y quebradizas que separan la habitación del exterior. En el techo cuelga una telaraña y fuera de la casa y a dos mil leguas de allí, sin ningún motivo aparente, un joven arroja un reloj en el suelo antes de alejarse perseguido por una estrella fugaz. La libertad nace. Las viejas esperan el regreso de las vibraciones, inquietas por el resultado del paradero de los ratones que creen responsables de nada, y de pronto comienzan a tejer. De una pequeña cesta de mimbre situada en el suelo y a plena luz recogen unas agujas y unas pequeñas madejas rojas como la sangre de Marte. En la cesta hay otros objetos y sus manos vacilan y se crispan cuando se acercan para recogerlas. Al parecer en la lucha de voluntades consecuente y aterradora ninguna sale vencedora. La pequeña canica de cristal blanco permanece en su sitio, resplandeciente por la luz que se derrama sobre ella, y lo mismo hace el fino y rectangular dado de hueso que respira angustiado a su lado.
Ambas contendientes retiran sus abigarradas fuerzas de la lucha y sin mirarse a la cara (no tienen ojos y sus cuencas están vacías y llenas de nada) comienzan incómodas con su labor. Tejen y tejen y tejen como afanosas arañas; como resultado, una estrambótica prenda aparece de la nada. Es monstruosa y tiene cerca de mil mangas, varios cientos de aberturas para el cuello y cerca de quinientos bolsillos llenos de agujeros. Ponen tanto afán en su empeño que finalmente, sin darse cuenta, acaban fusionando sus creaciones y formando una única prenda descomunal. Los arrugados nervios de la cara les vibran de la emoción contenida y una lágrima polvorienta se desliza desde las oquedades de sus ojos vacíos y estériles para caer sobre la lengua, que saborea el diminuto líquido con placer. Poco les queda ya para cumplir con su bestial encargo.
Se detienen un momento y se toman un respiro. Las sillas, a su vez, también detienen su balanceo hipnótico. En otra parte lejana del mundo, una funcionaria de cincuenta y cinco años llamada M… escucha un chiste delirante, se carcajea y acaba perdiendo el equilibrio, dando con sus posaderas en el suelo y tirando la silla en la que se encontraba sentada. Un gato astuto, salta entonces desde el enlosado balcón del jardín y se hace con el ratón de plástico que llevaba M… en la diadema del pelo. La libertad actúa.
La buhardilla no ha parecido cambiar desde entonces. Una nueva mirada en los alrededores revela que no existe ninguna trampilla ni salida en aquel extraño desván. ¿Cómo han entrado, pues, aquellas idílicas ancianas, portadoras de la más absoluta innecesaridad, en aquel antro oscuro? Un sabio se rasca la barba en una biblioteca lejana en alguna ciudad a punto de ser absorbida por el mar rabioso. Tintinea una farola en alguna parte, y a un alumno revoltoso se le cae un lápiz en medio de una clase de latín clásico. Las viejas no pueden soportar más la presión y se ponen de nuevo a trabajar. La libertad muere. El balanceo regresa a las mecedoras y las agujas tricotan con saña. Un detalle consistiría en señalar que ambas señoras visten de negro. De vez en cuando echan miradas furtivas hacia la cesta de mimbre donde además de la canica de cristal y el pedazo de hueso, hay ahora también unas brillantes tijeras de plata.
Al caer en la cuenta de que no tienen ojos y que no ven, se preguntan cómo han descubierto las tijeras y existiendo entre ambas consenso sobre la cuestión, deciden que, consecuentemente, la luz que deja pasar el ventanuco es fútil y superflua. Se giran al unísono y lanzan de manera pérfida sendas agujas al inocente ventanuco, que herido de muerte al ser atravesado por aquellos punzantes dardos, lanza al aire un último estertor de agonía y deja que los instrumentos perpetradores de su muerte caigan por el otro lado en el jardín de agua inmensa que rodea la casa. De inmediato muere y, en la pared del desván, el marco del ventanuco se encoge y se deforma hasta desaparecer. La pared, harta de la ocupación de semejante parásito en su lisa superficie recupera su espacio en el espacio y suspira a gusto, con lo que de inmediato se hace noche cerrada en la habitación. Las viejas sonríen satisfechas con los resultados y entre jadeos y silbidos se congratulan por el éxito de la operación. Si hubiera habido luz, el eremita Z…podría haber visto sin necesidad de esfuerzo alguno, aún desde su cueva en las lejanas montañas, más allá del lago de su patria; que ninguna de las dos tenía dientes; y eso solamente si le hubiese apetecido interrumpir su profunda meditación e inmiscuirse en tan banales asuntos, cosa que no parecía probable. Alguna libertad, a veces, escapa de su acción.
Sin motivo aparente entonces, aparece un pequeño hombrecillo moreno vestido de uniforme ferroviario, gorra incluida. Ceñudo y agitando indignado el dedo, deposita entre ambas mujeres un farolillo incandescente que brilla con mortecina luz. Después, mientras las viejas aún atónitas intentan rehacerse del impacto producido por semejante intrusión, el hombrecillo retrocede caminando hacia atrás y observándolas atentamente con una amenaza dibujada en los ojillos, desapareciendo por fin en las sombras.
Nuevos destellos se producen entonces en los objetos de la cesta y de nuevo las manos chocan en su propósito de hacerse con ellos. Las viejas suspiran molestas. Siguen cosiendo un rato en la prenda, añadiendo algún remiendo aquí y allá, o poniendo un botón en cierto sitio…hasta que sorprendidas, se dan cuenta de que en su delirio creador han fusionado sus hilos y sus puntadas uniendo las prendas para crear una única vestidura. Ambas rompen a gritar como energúmenas, muy enfurecidas por la torpeza de la otra. La más rápida de las dos, y también la más fea y arrugada, se hace de pronto con las tijeras de la cesta, y sin perder un instante comienza a dividir la extraña prenda en dos pedazos. La otra aprovechando la oportunidad y al ver que su compañera está distraída, se lleva a todo correr a un rincón del desván los otros dos codiciados objetos de la cesta. Se introduce en la oscuridad y desaparece de la escena. De vez en cuando se escuchan sus graznidos de placer entre las telarañas del fondo. Por fin la vieja arrugada y más fea acaba de cortar la prenda en dos y agotada se sienta en su mecedora secándose el asqueroso sudor de su macilenta frente.
De repente se pregunta dónde diablos está la otra vieja y da un respingo al verla regresar de la oscuridad cloqueando y celebrando su victoria: en una de las cuencas vacías lleva la canica de cristal, y por eso ahora veía; y en una de las desnudas encías sobresalía el dado de hueso, por eso ahora mordía. Se acercó de dos zancadas a la otra y sin perderla de vista un instante le mordió salvajemente en el cuello aprovechándose de su superioridad. En menos de lo que canta un gallo comenzaron a pelear y a arrearse tremendos golpes y mordiscos. Finalmente, tras un rato interminable, la una consiguió arrebatarle a la otra el improvisado diente y se lo colocó en la boca. Hicieron una tregua, evaluándose, y ya estaban a punto de lanzarse de nuevo a la trifulca, cuando se me ocurrió que ya era hora de acabar el cuento y las grité que parasen de una vez y que terminaran su trabajo olvidado. Se volvieron como golpeadas por un rayo: una con su apagado ojo de cristal y la otra con su rocambolesco diente, y en un instante me atraparon y me sujetaron el tiempo suficiente para que una de ellas (la más vieja y fea, creo) me pusiera una de las dos odiosas partes de la prenda que habían estado confeccionando durante todo el tiempo. Me introdujeron por las aberturas colocando correctamente todos mis brazos y piernas hasta que me di cuenta de que me estaba asfixiando y decidí poner punto y final al cuento para salvar la vida. La libertad creadora es la única que triunfa.
Inmediatamente, una vez escrita la palabra “Fin”, desaparecieron las dos viejas, el farol, las tijeras, la canica, el dado, y sobre todo la aparatosa prenda que muy solícitamente ayudó a quitarme el hombrecillo uniformado de ferrocarril. Le di las gracias y esperé a que colocara un nuevo ventanuco en la pared por el que entrara algo de luz luz, para invitarle a que se sentara conmigo en las mecedoras y esperar indefinidamente a que nos crecieran las barbas mirándonos sin pestañear. En un instante de masoquismo extremo se me ocurrió preguntarle por qué él no había desaparecido junto al resto de las cosas.
En cuanto el ferroviario comenzó a hablar no puede evitar caer dormido. Será que no tolero la palabra de ningún hombre uniformado, o que anoche, en vez de laxantes tomé algún tipo de adormidera. Por cierto, que cerca de nosotros reposaban los huesos de la tercera parca, posiblemente devorada por las otras dos en tiempos pretéritos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

SALAMANKA HERRIA



Tras innumerables jornadas de huelga salvaje revolucionaria el movimiento obrero local únicamente logró conseguir un puñado de pocas mejoras y reformas que en general se referían a aspectos cotidianos, parcelarios y aislados de la supervivencia del día a día de las masas populares. Sin embargo, y en contra de lo que el modesto resultado pareciera dar a entender, el movimiento efervescente de las células organizadas y la planificación científica llevada al milímetro habían sido intensamente vividos por los jóvenes obreros de todos los barrios. Nadie fue ajeno en la zona de la Celestina, ni en Iglesias, ni en Los Concejos, ni siquiera en la marginal zona de Montevideo (tradicionalmente vinculada con el movimiento lumpen y su comercio febril de hormiguero pirata) a los ímprobos esfuerzos que la Conciencia, la teoría apoderada de las masas que dictaba férreamente en un alarde de discursos peroráticos y pentatónicos; a la vez que estas últimas agarraban a la misma teoría por el cuello y la exprimían a su antojo, jodiéndola como a un buen cuerpo, alegremente, y utilizándola para sus fines vitales. La bravata ideológica y el vulgar hacer porque sí quedaban excluidos por tanto; sin duda debido a la divina y técnica dialéctica que siempre, omnipotente, nos protege del caos y la destrucción al menos mientras algunos necesiten de tales construcciones y resabios metafísicos al no ser capaces de soportarse a sí mismos en el más profundo movimiento geológico que nos recorre constantemente, el de la vida. A pesar del interés que pudiera causarles la sugerencia filosófica anterior debemos retomar el tema y aclarar por qué la bravata ideológica y el hacer borreguil no se admitían entonces en los conciliábulos rojos de la ciudad.

La primera cuestión tiene una sencilla respuesta: Nadie en los barrios quería dar de comer ni mantener de ninguna manera al pobre Joselito que entró en la facultad de filosofía a estudiar hace diez años y que ahora pretendía escribir sus libros en casa de su anciana abuela mientras se daba a la buena vida (enajenada) que otros no podían permitirse. La segunda cuestión también es relativamente sencilla: la acción espontánea sin más está condicionada por otras tantas acciones realizadas en el pasado que han ido configurando la vida de cualquier individuo. Las acciones se cultivan y se perfeccionan: adueñarse del mundo en sentido marxista consiste en ser capaz de saber cómo funciona todo y hacerlo a menudo, significa poder cambiar las cosas de sitio sin trabas ni complicaciones por parte de otro (genérico) sino más bien hacerlo con su acuerdo, su aprobación alegre y cómplice. Así pues cada acción que emprendemos es mejorada por el entendimiento para hacerla en el futuro, primero, más efectiva y, después, más eficiente. Cada acción tiende, en consecuencia, a autorrealizarse, a “mejorar” siempre en el sentido de probar otras posibilidades que de ninguna manera están engarzadas en un denso sistema jerárquico categorial con realidad ontológica propia que establezca lo bueno y lo malo. En todo caso, el materialismo dialéctico en su formulación es una pura construcción mental que determina qué posibilidades son “anteriores” y “posteriores”. Es decir: refleja el pasado, explica el presente y prefigura en cierta manera el futuro. ¿Saben por qué? Por la basura acumulada, los restos de actividad y los platos de la cena del domingo de la semana pasada y la capacidad que tenemos de ser conscientes de eso, que “está ahí” en cuanto entramos en la cocina.


Como consecuencia de todo lo anterior tenemos que el hacer espontáneo, presuntamente puro, de las masas no tiene en absoluto nada que ver con la espontaneidad, lo adánico etc. No. Es resultado de la historia del Hacer de la humanidad, por ello es necesario conocerla para avanzar. ¿Para qué hacer algo que ya se conoce y que no me va a satisfacer ni a mí ni a ti? Quien se ciega con el sueño de la espontaneidad pletórica camina tras un ídolo o de una nube de vivos colores y repetirá constantemente sus errores. En definitiva, no queriendo acalorar al lector con tediosas explicaciones y, también, reconozcámoslo, para no agotar al pobre autor que ahora se devana los sesos intentando reconducir este relato, nadie quería ese tipo de luchadores cortoplacistas, que pensaban ganar de un solo golpe.


¿Han visto? ¿Han comprendido ya a lo que me refiero? ¡Asómbrense con la miseria humana! ¡Ved hasta qué punto especula la Fábrica con el pan! ¡Horrorizaos ante el Monstruo devorando a los homúnculos! Una vez comprobada la profundidad de las disquisiciones cotidianas de estos hombres y mujeres de mirada ardiente podemos preguntarnos por qué, no obstante, después de todo se conformaron con un porrón de hospitales, escuelas, institutos, juzgados, gimnasios, centros de cultura (de la ceguera, claro), televisión pública y bibliotecas.


Hablando de bibliotecas. Era muy curioso observar el otro día a M., nieto de C. quien había luchado por el comunismo y el Hombre Nuevo varias décadas antes, aunque también por una provisional biblioteca en el barrio que podría servir para que sus descendientes la utilizaran y pudieran formarse mejor que él para que después su lucha fuera más efectiva. Estaba M., como digo, en la puerta de la biblioteca de la Casa de los Corales fumando un cigarrillo cuando vio pasar a una gran multitud con banderas rojas. Entrecerró los ojos y pude observar que negaba varias veces con la cabeza. Sus pensamientos eran tan retumbantes que casi llegaron hasta mí. Dirían algo semejante: a “Cómo puede haber gente así todavía. ¡Unos anti-sistema! En pleno siglo XXI además. De lo que se trata es de hacer reformas.” Y esto se decía a sí mismo, tan tranquilo. El otro día habían cerrado la biblioteca de su barrio; sí, la que su abuelo consiguió tras mucha lucha y mucha fiebre. Qué de antinomias. Qué diría el abuelo.


Para acabar quisiera disculparme porque no podré responder a la cuestión pendiente acerca de los motivos que condujeron a unos resultados tan mediocres, teniendo en cuenta la enorme vitalidad de la Huelga Salvaje y Revolucionaria de la que trata el texto. No es la inseguridad del pronóstico lo que me impide hacerlo si no más bien las limitaciones de la propia literatura, pues es bien sabido que la invención artística tiene capacidad creadora, es cierto, pero de un tipo de creación estrictamente limitado a las ficciones, a los no-lugares. Como la Huelga que nos ocupa no es en mí ninguna huelga concreta prefiero hacer una severa autocrítica por jugar con ejemplos metafísicos e intangibles.