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domingo, 27 de abril de 2014

De la recuperación débil o El nacimiento del Hombre Orquesta

De la recuperación débil:
En mi último libro, "Ojalá encuentres aquí un tucán", hay una sección: "El Hombre Orquesta", que comienza con un breve relato llamado "La muerte del Hombre Orquesta". Este personaje no es más que una especie de "superhombre" idealizado, un ser indiferente y omnipresente en diversos cuentos, que está ahí, que ríe, que a veces ayuda a los personajes y que evidencia un cierto compromiso político y social con aquello en que se inmiscuye, cuando lo hace. Pues bien, el Hombre Orquesta nació una noche, hará tres o cuatro años, cuando frente a la catedral de Valladolid, bajo los efectos de no sé qué enjundia se hizo la luz en mi cabeza y dije: "¡Claro!" y me respondieron: "¿Qué?" Y yo: "Nada, nada". Al volver a casa vi un anciano incrustado en un árbol y me dije: "Ese de ahí es el Hombre Orquesta." Y escribí acerca de él. Luego él mismo comenzó a pasarse a verme. 
Incluso, un año más tarde o así, se le empezó a ver también con el buen Enrique, otro escritorzuelo como yo del que ya ha he hablado en alguna ocasión por aquí. Sí, recientemente, me fui a tomar una caña con el Hombre Orquesta y va el masón de él y me dice: "Oye compadre, que voy a salir en el título del primer libro de tu colega." Y yo: "Qué dices." Y él: "Que sí, que sí, macho." Y yo: "Bueno, bueno. Está en tus manos. ¿A ti qué te parece?" Y él: "Pues cojonudo, porque a él le publican el libro en plan bien, ahí una editorial suiza y todo. No como tú que te andas con piojosidades y medias tintas, imprimiendo en copisterías de mala muerte que..." Y yo: "Vale, vale. Yo suponía que tú eras más de lo mío, pero si te parece que..." Y él: "Que sí joder, que sí, que dejes de tocar la moral." Y yo: "No, no, si no pasa nada.".

Claro, después de esto tuve otra conversación, aunque esta vez con Enrique y él me aseguró que la cosa había sido del Hombre Orquesta, que él no tenía nada que ver con ello y que si a mí me parecía bien que lo sacaba en el título del libro. Yo, espíritu clásico, seguidor ocasional de Panero, pensé que eso sería lo de la "Teoría del plagio lautreamontiana", y me encogí de hombros permitiendo que todo aquello fuera para adelante. Lo que no llegué a imaginar fueron los problemas que esa decisión me trajo en el futuro. Todo empezó con rumores y noticias susurradas apresuradamente: Que si el Hombre Orquesta se emborracha, que si el Hombre Orquesta toma drogas. Que hemos visto al Hombre Orquesta por ahí con mujeres alegres etc. Yo me sentí algo responsable, a pesar de ser bastante liberal en estas cuestiones, y le dije a Enrique:"Oye, qué haces" Y él: "Qué te pasa" Y yo: "Que quien tú y yo sabemos está desmadrado." Y él: "Y qué". 
Así pues, a pesar de los reiterados esfuerzos que hice para tratar de hacer entrar en razón al hijo pródigo, tras la negativa de Enrique a echarme una mano (Está haciendo prácticas para la Universidad y no tiene tiempo), le hice un ultimátum recordándole quién era y de dónde viene. De lo más bajo. De los cerdos. Igual que su creador, que vive obsesionado con el proletariado.

¡Hombre Orquesta, vuelve a casa!

Aquí os dejo este breve relato que incluiré en mi nuevo libro "Creacionario" (Título provisional). Decidle, si lo veis, que lo lea y que entre en razón:



EL NACIMIENTO DEL HOMBRE ORQUESTA


En medio de una despreciable piara de cerdos peludos de la más tremebunda raza que jamás se haya visto en las tierras habitadas de más acá de allende de los mares nació hace ciento noventa y seis años nuestro querido y hoy aclamado Hombre Orquesta. Sus primeros pasos en esta vida fueron indudablemente difíciles pues el torbellino de pezuñas, rabos, gruñidos, olores a patata cocida y excremento impidieron que aquel niño conociera a ningún ser humano o siquiera escuchara algún idioma inteligible. No obstante, su más que evidente talento en las artes tipográficas y amatorias, que ya cultivaba en su más tierna infancia, le hicieron ganar el respeto del jefe de la piara quien, en poco menos de una luna, hizo de él su consejero de confianza para multitud de cuestiones. Así, el pequeño Hombre Orquesta, que por aquel entonces aún no sabía lo que era un clip o una trompeta, se veía acosado día y noche con las preguntas obscenas y pueriles que le dirigía el cerdo alfa. Tuvo que gestionar cientos de citas, encuentros nocturnos de probable contenido zoofílico, maquetaciones subversivas en las colinas para los hormigueros liberales aliados en la guerra contra de la reacción quintacolumnista, instalar talleres improvisados en mitad de praderas descubiertas y redactar toda una serie de disparatados artículos contra el cultivo de belladona extranjera y amapola afgana en los huertos comunales. Por supuesto que esta frenética labor fue el primer campo de batalla donde el Gran Hombre se curtió, aprendiendo toda una serie de técnicas, triquiñuelas y astucias que habrían luego de servirle a lo largo de su vida. Su popularidad creció tanto que llegó un día en que todas las hembras de la piara, incluso alguno de los sensuales cerdos peludos homosexuales, cortejaron a nuestro improvisado tipógrafo hasta que éste, incapaz de decidirse por nadie, decidió  evitar cualquier contacto físico con los que él creía sus semejantes y en menos de un mes, completamente desesperado, se echó al monte en busca de respuestas.

En el monte tuvo que componérselas para sobrevivir solo: robaba gallinas en los corrales, lamía líquenes suculentos y a veces se atrevía a beber en el Lago Grande. Además, siguiendo la vieja costumbre de su tribu solía embadurnarse a menudo con abundantes raciones de baños de barro cuyo olor le hacía recordar, no sin cierta nostalgia, los bramidos de aquella piara tremebunda que cuidó de él durante su tierna infancia.

Más adelante, durante su primera juventud, cansado del bosque y su monotonía, perdió la inocencia de los Salvajes adquiriendo un Contrato Social en la oficina más cercana y con un reluciente certificado del paro entró en la civilización tras el atento: “Disfrute de su nueva vida, señor.” que le dirigió el simpático empleado funcionario que le había atendido. El Hombre Orquesta, el Joven e Ingenuo Hombre Orquesta, se encontró de pronto ante un nuevo mundo. Un fantástico mundo, el mejor de los posibles mundos, no un mundo mejor, sino el mundo, ese mundo que es evidente que es el nuestro y el mejor, en tanto en cuanto es el mundo que hay. Ah, no pudo evitar comprar una cajetilla de cigarrillos y sentarse en un banco a fumar mientras contemplaba a un grupo de señoritas de avanzada edad que aún conservaba esa hermosa vitalidad sexagenaria y cuyo cutis aterciopelado, libre de cagada de mosca o de arruga alguna despertó su asombro. Este último esplendor tan maravilloso no pudo dejar de interpretarlo como la definitiva señal de que se encontraba ante una higiénica y sana eudaimonía social que parecía extenderse hasta donde abarcaba la vista.

Nuestro Hombre Orquesta, como es evidente, aún chorreaba cieno tornasolado cuando vio por primera vez un tambor. Allí estaba, semioculto por los infectos pliegues y repliegues lípidos de un  individuo que yacía en la calle, atragantado por un enorme bombo que había tratado de ingerir, pareciera que por accidente, en una tranquila comida familiar. Aquel hombre se llamaba Renato y describió su situación ante la cámara en los siguientes términos:


RENATO: Nuestra sociedad actual se caracteriza por una idiosincrasia propia de una pesadilla concebida en alguna escuela de ingeniería completamente abigarrada y llena de elementos petulantes: simonitas, nicolaítas, maquiavélicos, peritos y técnicos de desintoxicación de belladona de la peor especie. No es que yo me queje, pero podría hacerlo. No obstante considero que una entrevista en estas circunstancias podría extrañar a alguno de mis convecinos y amigos que en este momento seguro que me están viendo desde sus casas. ¿Puedo saludar antes, Jerry?

JERRY: Por supuesto, Renato.

RENATO: ¡Un saludo a todos mis compadres de Alicante, que estarán todos ahí…! ¿Qué tal Berta?, ¿Todo bien en Renania? Qué guapa es mi niña. Saluda a tus padres de mi parte. Los mejores suegros jamás soñados por nadie (ríe) Ejem, como iba diciendo; ahora bien, ejem…Perdón. Es decir, no quisiera sorprender a nadie, lo único que yo digo es que… (Se le ve confuso) Veamos, tan solo sugerir el descontento que algunas cosas me producen, como los palominos, la fruta podrida en los bastidores…No sé, Jerry; en realidad no me siento muy cómodo ante la cámara porque ni siquiera soy capaz de expresar el funcionamiento de semejante dispositivo, o de decir a santo de qué puede uno encender una bombilla y automáticamente tener luz en un cuarto. ¿Y qué me dices de todos esos innumerables gadgets que proliferan por doquier? Por ejemplo, este invivible pero insustituible bombo portátil…Su uso, por el contrario, se hace evidente para cualquiera que lo vea. Así, de un solo vistazo. Eso es lo que importa. Cualquier persona podría saberlo. Antes este tipo de artilugios eran impensables pero… (Se sobresalta y pregunta a la cámara) ¿Estoy hablando demasiado, Jerry?... ¡Ah, bien, no hay problema entonces! En definitiva, sí, sí… Bueno, lo único que quería decir es que “comodidad” no es la palabra que expresa el estado de la nación en la actualidad, aunque comprendo que esto es una opinión discutible. Por ejemplo, sé que el Gobierno recientemente afirmó una pronta reapertura de los astilleros y una recuperación del PIB consiguiente…; pero también es cierto, y no se me podrá negar, que el alcalde ya no tiene la ciudad como antes, cuando las señoras se paraban delante de las terrazas, se quitaban las engorrosas gafas de florecitas y aseveraban con su aliento denso: “Ah, qué bien lo tiene todo el alcalde”. Ahora ya eso se hace más raro de ver…Imagino que pervivirá la costumbre, ¿no?, aunque mucho más marginal, sin duda. ¡Igual que el Tiempo! Sí, a eso me refería con lo de antes, que aunque el Tiempo en los últimos meses ha sido inmejorable también habrían de reconocer que a…, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta hoy, ¡que casi desaparece media costa bajo un diluvio torrencial! Y yo ni siquiera sé si mi querida Berta ahora mismo estará a salvo o si estará muerta o qué. Puede que esté despanzurrada boca abajo. Puede que incluso esté sodomizada. La última vez que la vi se desangraba Jerry. ¿Me oyes, jodido cabrón? Tío, Jerry…¡¡ BERTA SE ESTABA DESANGRANDO!!

JERRY: Bien dicho, Renato. Su opinión nos parece muy interesante. Entonces, ¿piensa que la situación actual mejorará? ¿O no?

RENATO: Sin duda, tengo confianza en el futuro. Sí, sí. Desde luego que sí, Jerry. Nunca se puede perder la esperanza, si no ¿Qué nos queda?

JERRY: ¿Y usted, señora?

UNA ANCIANA CON ENGORROSAS GAFAS DE FLORECITAS: Estoy servía. De pe a pá.

JERRY: Ya lo ven amigos, aquí en el municipio Jaranda la opinión es unánime. La OEA en breves creará y actualizará las estructuras internacionales militares más convenientes para su…

MUCHEDUMBRE: ¡Abajo la Guarimba! ¡Viva el presidente electo…!

ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA: ¡Quiero estudiar Derecho, no ser vulgar Minero!

OTRA ANCIANA: Ay mamina, qué pena…

(De pronto hay carreras, tumulto, enfrentamientos entre los dos bandos. Jerry desaparece del objetivo de la cámara arrastrado por la refriega y solo se puede ver a Renato pisoteado por la multitud; aplastado literalmente hasta que el instrumento que lleva incrustado se desprende y de la abertura resultante comienza a manar sebo amarillo que va cubriendo la calle progresivamente, ahogando a los combatientes y las aceras hasta finalmente tapar la escena.)


El Hombre Orquesta, después de semejantes apariciones, en demasía ruidosas, decidió volver con los cerdos al campo. No obstante, cuando los encontró lo único que éstos supieron decirle fue: 


CERDOS: Rooofgrffrfffuuuggf-uiiiu. 


Había pasado demasiado tiempo y aquella nobilísima raza ya no era la misma. Nunca nada volvió a ser como antes. Y el Hombre Orquesta tuvo que regresar a la ciudad y aprender a ganarse la vida en multitud de oficios mal pagados. Y fue pintor, y camarero y jornalero. Y también aprendió a tocar el tambor, y la fanfarria, y la trompeta, y el saxofón cuando viajó a la Unión de Estados Americanos mucho, mucho más adelante…Pero nunca olvidó sus orígenes ni los traicionó: jamás dejó de practicar las artes amatorias ni la tipografía que, ocasionalmente, por cierto, le sirvieron para decorar sus cartones y pasar la noche calentito en los primeros vagabundeos que realizó en la metrópoli. Él siempre sería un cerdo, y así se lo dijo al resto de vagabundos.

Así fue el nacimiento del Hombre Orquesta.

miércoles, 22 de enero de 2014

DE ZÍNGAROS VIOLENTOS E ITINERANTES.



 
Aquella mañana la troupe de violentos itinerantes se puso en marcha temprano, cuando apenas asomaba el sol en el horizonte arrasado. Las últimas ascuas de la hoguera morían envenenadas por la fina llovizna que lloriqueaba desde lo alto una nube celestial mientras el campamento hervía de actividad. Un pequeño grupito de radicales inmundos caminaba a cuatro patas dirigiéndose hacia una hondonada en la que manaba un pequeño arroyo que serviría para limpiar las zurraspas de sus anos y para rellenar las cantimploras y la gran olla grasienta que trasegaban siempre consigo para cocinar las distintas enjundias que iban escamoteando por ahí. Otros se dedicaban a untarse el rostro con tizones fríos a la vez que se proferían sonidos guturales entre ellos, expresando sin duda los sentimientos de regocijo que aquella sociable actividad les producía. La sección femenina del grupo, liberada del trabajo a causa del matriarcado dictatorial que practican estos zíngaros descarriados, prefería molestar a los anteriores toqueteando sus traseros y miembros viriles con el mayor de los descaros. Por último, ya cerca de la desierta carretera comarcal en cuyo borde estaba situado el campamento, un par de aquellos tunantes de botas de hierro, camisetas mugrientas llenas de símbolos masónicos e ikurriñas proetarras iban cargando el equipo en una camioneta desvencijada.
El vehículo estaba en unas condiciones deplorables; parecía que había sido obtenido de algún desguace y reparado de alguna manera por el mecánico de la banda (Sí, probablemente ese tipo de allí que, ceñudo y preocupado cual metafísico por la trascendencia del Da-Sein, se hurga la nariz a la par que arranca la carne de los huesos de las últimas presas de anoche y deposita tan suculento manjar en bolsas de plástico del Eroski) o si no por cualquier otro chiflado hippie. Efectivamente, la estructura y composición del curioso transporte no dejarían de intrigar al observador ibérico medio, poco acostumbrado a las ruedas de antiquísimo carro revestidas con neumático desgastado; ni tampoco pasaría indiferente ante la criselefantina carrocería de madera donde un cartel rezaba con elegantes letras góticas: “Buhoneros Asociados. Compañía de Acción Directa”, o ante el terrible hedor a tabaco de la cabina del conductor,  única parte original de fábrica que se conservaba, y donde se entreveían unas pequeñas cabezas reducidas colgando del retrovisor.
Cuando todos estuvieron listos montaron en el carricoche y envueltos en una nube alquitranada y sulfurosa, no en vano el combustible que utilizaban estas gentes era de producción casera, desaparecieron a toda velocidad carretera adelante, seguramente en busca de su próximo objetivo y dejando tras de sí inconmensurables cantidades de basura. ¡Cuántos inocentes no verían al día siguiente aquel bello sol rojo que ya se imponía sobre la noche! ¡Ah, no envidio a los miles de jóvenes asesinados y torturados, a los adultos baleados con crueldad o a las ancianas sodomizadas y quemadas vivas en contenedores de basura a las que permanecen unidas en postes de madera dispuestos solícitamente para tal efecto! Seguramente, mañana, cuando a estas mismas horas los gallos canten, una ciudad más arderá, tal y como hizo la mía. Nadie resiste jamás a su truculenta devastación. Nadie sobrevive a los ataques de estos cínicos. Bueno, yo sí lo hice, pero solo como consecuencia de un azar increíble que me eximió de los asombrosos dolores a los que el resto de mis conciudadanos estuvo sometido. Justamente me hallaba yo la tarde anterior junto a la puerta de mi casa, confortablemente sentado en una silla de plástico de la Coca-Cola, echando una gotica, cuando aparecieron. Me tomaron prisionero de inmediato, me ataron los pies para que no huyera y me llevaron consigo para que les fuera liando los canutos bajo pena de severo correctivo en caso de no hacerlo o hacerlo mal. Por ejemplo: te daban una hostia curiosa si ponías un filtro en vez de un cartoncillo, o si estaba demasiado cargado en un extremo y lo olían cuando lo catabas (pues a pesar de la restringida libertad en la que me encontraba, el derecho asentado en las firmes tradiciones se mantiene y, por tanto, quién lía se lo enciende). Como desempeñé bien mi actividad me quedé con ellos toda la noche y pude observar algunas de sus curiosas costumbres. Comentaré algunas que me atañían en ese drástico momento. Al parecer, estos itinerantes de vez en cuando toman prisioneros, pero según creí entender (hablan una jerga tremendamente compleja) eran solo provisionales y finalmente siempre los asesinaban. No sé, a todo esto, por qué a mí no me mataron, quizás se debiera a que llevaba puesta mi famosa casaca de aviador de la República Socialista Checa, una que tiene en el brazo una estrella roja y la inscripción: “VLU. Prešov” y les resultara simpático en consecuencia; aparte de toda la enjundia buena que les di para fumar.
La verdad es que hablar de todo este asunto me resulta muy doloroso ya que la experiencia fue terrible, a pesar de que yo era nuevo en la ciudad y que apenas me relacionaba con mis convecinos por lo que no me dio tiempo a desarrollar un nexo de tipo sentimental hacia nada ni nadie. No obstante, mi sólida filosofía y empatía universales me llevan a condenar tamaños atentados contra la dignidad humana, pues el simple recuerdo me sume en profunda indignación. Como consecuencia,  enterado de que sus andanzas los han llevado ya a distintas ciudades, entre ellas Burgos y Hamburgo que, por cierto, hoy ya se encuentran completamente arrasadas, me he decidido a describir una simple imagen de lo que ocurrió. Una instantánea, una simple escena como la que hemos visto antes, puede mostrar clara y distintamente lo degradados que son estos seres. Así pues, estas líneas tienen la pretensión de ser una denuncia tajante y necesaria, que aún nadie se ha atrevido a hacer frente a la posibilidad, bastante cierta por lo demás, de salvajes represalias. Espero que esto haga reaccionar por fin a las gentes honradas de este país y ponga término a la violencia despiadada de los vándalos descontrolados e itinerantes.
Mientras ellos estén libres, yo, y sin duda otros tantos españoles de bien, no podremos dormir tranquilos.