Mostrando entradas con la etiqueta Creacionario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creacionario. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de julio de 2014

PARAÍSO ARTIFICIAL



Paseaba por una calle de la periferia un canuto de la mano de un joven cuando el joven, de repente, frunce el ceño y se detiene:

Pensaba el porro en un niño sentado sobre una alfombra amarilla y, a su vez, el niño vagamente recordaba que, durante uno de los largos paseos junto a sus padres por su barrio de aspecto devastado, habíase maravillado ante un raro paraíso utópico, sembrado de suntuosa verdura y oriental belleza. Lianas africanas colgaban ofreciéndose al tiempo que las siniestras alturas de los juncos ensombrecían las aguas marrones de una charca oculta que hervía como si fuera lava tornasolada. Para acceder al secreto recinto había que empantanarse en una pequeña inmensidad, vencer en la denodada lucha contra todo tipo de moscas, espigas de acero, cardos y zarzas de águila; tras lo cual la espesura aumentaba hasta convertirse en selva virgen de rivera. El niño creía haber vislumbrado entonces una pelota a bandas amarillas y rojas flotando en las pantanosas aguas de miel pútrida; pero su padre, atemorizado por no sé qué croar malsano, con la frente cadavérica llena de ojos florecientes, rápidamente aferró el brazo del niño y se lo llevó de allí. El aliento de Katha-Puh los persiguió hasta que se pusieron a salvo, entre las tranquilizadoras excavadoras amarillas.

Tal temor era semejante a la más execrable y falaz de las pesadillas, parecido al terror producido por los íncubos quienes durante las siestas de agosto se introducen en los calenturientos cuerpos y se recrean en proferir chillidos sordos para despertar bruscamente a los púberes dormidos que brincan aterrados con los ojos aún negros que delatan al Maligno. Siempre, tras los sueños, el recién despertado observa, ciertamente somnoliento y sorprendido, la trayectoria imposible por veloz que un insecto negro caído de su cuerpo describe en su apresurada huída. El bribón que escapa con su saco a la espalda. Además, nunca se dejará, mientras tanto, de percibir unas lejanas carcajadas con tonos agudos, apenas perceptibles, que tan pronto como llegan se van.

Ahora, tras el delicioso recuerdo, el canuto empuja al joven a liberar su extremo de algodón gris y a sugerirle inmediatamente que reavive el rubí del centro, pues se trata del mismo íncubo, con distinto rostro, pero asimismo dotado de idéntica malicia aristocrática y mendaz. El mismo que tenía dentro de sí cuando era un niño. El de lunares risotadas.

domingo, 27 de abril de 2014

De la recuperación débil o El nacimiento del Hombre Orquesta

De la recuperación débil:
En mi último libro, "Ojalá encuentres aquí un tucán", hay una sección: "El Hombre Orquesta", que comienza con un breve relato llamado "La muerte del Hombre Orquesta". Este personaje no es más que una especie de "superhombre" idealizado, un ser indiferente y omnipresente en diversos cuentos, que está ahí, que ríe, que a veces ayuda a los personajes y que evidencia un cierto compromiso político y social con aquello en que se inmiscuye, cuando lo hace. Pues bien, el Hombre Orquesta nació una noche, hará tres o cuatro años, cuando frente a la catedral de Valladolid, bajo los efectos de no sé qué enjundia se hizo la luz en mi cabeza y dije: "¡Claro!" y me respondieron: "¿Qué?" Y yo: "Nada, nada". Al volver a casa vi un anciano incrustado en un árbol y me dije: "Ese de ahí es el Hombre Orquesta." Y escribí acerca de él. Luego él mismo comenzó a pasarse a verme. 
Incluso, un año más tarde o así, se le empezó a ver también con el buen Enrique, otro escritorzuelo como yo del que ya ha he hablado en alguna ocasión por aquí. Sí, recientemente, me fui a tomar una caña con el Hombre Orquesta y va el masón de él y me dice: "Oye compadre, que voy a salir en el título del primer libro de tu colega." Y yo: "Qué dices." Y él: "Que sí, que sí, macho." Y yo: "Bueno, bueno. Está en tus manos. ¿A ti qué te parece?" Y él: "Pues cojonudo, porque a él le publican el libro en plan bien, ahí una editorial suiza y todo. No como tú que te andas con piojosidades y medias tintas, imprimiendo en copisterías de mala muerte que..." Y yo: "Vale, vale. Yo suponía que tú eras más de lo mío, pero si te parece que..." Y él: "Que sí joder, que sí, que dejes de tocar la moral." Y yo: "No, no, si no pasa nada.".

Claro, después de esto tuve otra conversación, aunque esta vez con Enrique y él me aseguró que la cosa había sido del Hombre Orquesta, que él no tenía nada que ver con ello y que si a mí me parecía bien que lo sacaba en el título del libro. Yo, espíritu clásico, seguidor ocasional de Panero, pensé que eso sería lo de la "Teoría del plagio lautreamontiana", y me encogí de hombros permitiendo que todo aquello fuera para adelante. Lo que no llegué a imaginar fueron los problemas que esa decisión me trajo en el futuro. Todo empezó con rumores y noticias susurradas apresuradamente: Que si el Hombre Orquesta se emborracha, que si el Hombre Orquesta toma drogas. Que hemos visto al Hombre Orquesta por ahí con mujeres alegres etc. Yo me sentí algo responsable, a pesar de ser bastante liberal en estas cuestiones, y le dije a Enrique:"Oye, qué haces" Y él: "Qué te pasa" Y yo: "Que quien tú y yo sabemos está desmadrado." Y él: "Y qué". 
Así pues, a pesar de los reiterados esfuerzos que hice para tratar de hacer entrar en razón al hijo pródigo, tras la negativa de Enrique a echarme una mano (Está haciendo prácticas para la Universidad y no tiene tiempo), le hice un ultimátum recordándole quién era y de dónde viene. De lo más bajo. De los cerdos. Igual que su creador, que vive obsesionado con el proletariado.

¡Hombre Orquesta, vuelve a casa!

Aquí os dejo este breve relato que incluiré en mi nuevo libro "Creacionario" (Título provisional). Decidle, si lo veis, que lo lea y que entre en razón:



EL NACIMIENTO DEL HOMBRE ORQUESTA


En medio de una despreciable piara de cerdos peludos de la más tremebunda raza que jamás se haya visto en las tierras habitadas de más acá de allende de los mares nació hace ciento noventa y seis años nuestro querido y hoy aclamado Hombre Orquesta. Sus primeros pasos en esta vida fueron indudablemente difíciles pues el torbellino de pezuñas, rabos, gruñidos, olores a patata cocida y excremento impidieron que aquel niño conociera a ningún ser humano o siquiera escuchara algún idioma inteligible. No obstante, su más que evidente talento en las artes tipográficas y amatorias, que ya cultivaba en su más tierna infancia, le hicieron ganar el respeto del jefe de la piara quien, en poco menos de una luna, hizo de él su consejero de confianza para multitud de cuestiones. Así, el pequeño Hombre Orquesta, que por aquel entonces aún no sabía lo que era un clip o una trompeta, se veía acosado día y noche con las preguntas obscenas y pueriles que le dirigía el cerdo alfa. Tuvo que gestionar cientos de citas, encuentros nocturnos de probable contenido zoofílico, maquetaciones subversivas en las colinas para los hormigueros liberales aliados en la guerra contra de la reacción quintacolumnista, instalar talleres improvisados en mitad de praderas descubiertas y redactar toda una serie de disparatados artículos contra el cultivo de belladona extranjera y amapola afgana en los huertos comunales. Por supuesto que esta frenética labor fue el primer campo de batalla donde el Gran Hombre se curtió, aprendiendo toda una serie de técnicas, triquiñuelas y astucias que habrían luego de servirle a lo largo de su vida. Su popularidad creció tanto que llegó un día en que todas las hembras de la piara, incluso alguno de los sensuales cerdos peludos homosexuales, cortejaron a nuestro improvisado tipógrafo hasta que éste, incapaz de decidirse por nadie, decidió  evitar cualquier contacto físico con los que él creía sus semejantes y en menos de un mes, completamente desesperado, se echó al monte en busca de respuestas.

En el monte tuvo que componérselas para sobrevivir solo: robaba gallinas en los corrales, lamía líquenes suculentos y a veces se atrevía a beber en el Lago Grande. Además, siguiendo la vieja costumbre de su tribu solía embadurnarse a menudo con abundantes raciones de baños de barro cuyo olor le hacía recordar, no sin cierta nostalgia, los bramidos de aquella piara tremebunda que cuidó de él durante su tierna infancia.

Más adelante, durante su primera juventud, cansado del bosque y su monotonía, perdió la inocencia de los Salvajes adquiriendo un Contrato Social en la oficina más cercana y con un reluciente certificado del paro entró en la civilización tras el atento: “Disfrute de su nueva vida, señor.” que le dirigió el simpático empleado funcionario que le había atendido. El Hombre Orquesta, el Joven e Ingenuo Hombre Orquesta, se encontró de pronto ante un nuevo mundo. Un fantástico mundo, el mejor de los posibles mundos, no un mundo mejor, sino el mundo, ese mundo que es evidente que es el nuestro y el mejor, en tanto en cuanto es el mundo que hay. Ah, no pudo evitar comprar una cajetilla de cigarrillos y sentarse en un banco a fumar mientras contemplaba a un grupo de señoritas de avanzada edad que aún conservaba esa hermosa vitalidad sexagenaria y cuyo cutis aterciopelado, libre de cagada de mosca o de arruga alguna despertó su asombro. Este último esplendor tan maravilloso no pudo dejar de interpretarlo como la definitiva señal de que se encontraba ante una higiénica y sana eudaimonía social que parecía extenderse hasta donde abarcaba la vista.

Nuestro Hombre Orquesta, como es evidente, aún chorreaba cieno tornasolado cuando vio por primera vez un tambor. Allí estaba, semioculto por los infectos pliegues y repliegues lípidos de un  individuo que yacía en la calle, atragantado por un enorme bombo que había tratado de ingerir, pareciera que por accidente, en una tranquila comida familiar. Aquel hombre se llamaba Renato y describió su situación ante la cámara en los siguientes términos:


RENATO: Nuestra sociedad actual se caracteriza por una idiosincrasia propia de una pesadilla concebida en alguna escuela de ingeniería completamente abigarrada y llena de elementos petulantes: simonitas, nicolaítas, maquiavélicos, peritos y técnicos de desintoxicación de belladona de la peor especie. No es que yo me queje, pero podría hacerlo. No obstante considero que una entrevista en estas circunstancias podría extrañar a alguno de mis convecinos y amigos que en este momento seguro que me están viendo desde sus casas. ¿Puedo saludar antes, Jerry?

JERRY: Por supuesto, Renato.

RENATO: ¡Un saludo a todos mis compadres de Alicante, que estarán todos ahí…! ¿Qué tal Berta?, ¿Todo bien en Renania? Qué guapa es mi niña. Saluda a tus padres de mi parte. Los mejores suegros jamás soñados por nadie (ríe) Ejem, como iba diciendo; ahora bien, ejem…Perdón. Es decir, no quisiera sorprender a nadie, lo único que yo digo es que… (Se le ve confuso) Veamos, tan solo sugerir el descontento que algunas cosas me producen, como los palominos, la fruta podrida en los bastidores…No sé, Jerry; en realidad no me siento muy cómodo ante la cámara porque ni siquiera soy capaz de expresar el funcionamiento de semejante dispositivo, o de decir a santo de qué puede uno encender una bombilla y automáticamente tener luz en un cuarto. ¿Y qué me dices de todos esos innumerables gadgets que proliferan por doquier? Por ejemplo, este invivible pero insustituible bombo portátil…Su uso, por el contrario, se hace evidente para cualquiera que lo vea. Así, de un solo vistazo. Eso es lo que importa. Cualquier persona podría saberlo. Antes este tipo de artilugios eran impensables pero… (Se sobresalta y pregunta a la cámara) ¿Estoy hablando demasiado, Jerry?... ¡Ah, bien, no hay problema entonces! En definitiva, sí, sí… Bueno, lo único que quería decir es que “comodidad” no es la palabra que expresa el estado de la nación en la actualidad, aunque comprendo que esto es una opinión discutible. Por ejemplo, sé que el Gobierno recientemente afirmó una pronta reapertura de los astilleros y una recuperación del PIB consiguiente…; pero también es cierto, y no se me podrá negar, que el alcalde ya no tiene la ciudad como antes, cuando las señoras se paraban delante de las terrazas, se quitaban las engorrosas gafas de florecitas y aseveraban con su aliento denso: “Ah, qué bien lo tiene todo el alcalde”. Ahora ya eso se hace más raro de ver…Imagino que pervivirá la costumbre, ¿no?, aunque mucho más marginal, sin duda. ¡Igual que el Tiempo! Sí, a eso me refería con lo de antes, que aunque el Tiempo en los últimos meses ha sido inmejorable también habrían de reconocer que a…, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta hoy, ¡que casi desaparece media costa bajo un diluvio torrencial! Y yo ni siquiera sé si mi querida Berta ahora mismo estará a salvo o si estará muerta o qué. Puede que esté despanzurrada boca abajo. Puede que incluso esté sodomizada. La última vez que la vi se desangraba Jerry. ¿Me oyes, jodido cabrón? Tío, Jerry…¡¡ BERTA SE ESTABA DESANGRANDO!!

JERRY: Bien dicho, Renato. Su opinión nos parece muy interesante. Entonces, ¿piensa que la situación actual mejorará? ¿O no?

RENATO: Sin duda, tengo confianza en el futuro. Sí, sí. Desde luego que sí, Jerry. Nunca se puede perder la esperanza, si no ¿Qué nos queda?

JERRY: ¿Y usted, señora?

UNA ANCIANA CON ENGORROSAS GAFAS DE FLORECITAS: Estoy servía. De pe a pá.

JERRY: Ya lo ven amigos, aquí en el municipio Jaranda la opinión es unánime. La OEA en breves creará y actualizará las estructuras internacionales militares más convenientes para su…

MUCHEDUMBRE: ¡Abajo la Guarimba! ¡Viva el presidente electo…!

ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA: ¡Quiero estudiar Derecho, no ser vulgar Minero!

OTRA ANCIANA: Ay mamina, qué pena…

(De pronto hay carreras, tumulto, enfrentamientos entre los dos bandos. Jerry desaparece del objetivo de la cámara arrastrado por la refriega y solo se puede ver a Renato pisoteado por la multitud; aplastado literalmente hasta que el instrumento que lleva incrustado se desprende y de la abertura resultante comienza a manar sebo amarillo que va cubriendo la calle progresivamente, ahogando a los combatientes y las aceras hasta finalmente tapar la escena.)


El Hombre Orquesta, después de semejantes apariciones, en demasía ruidosas, decidió volver con los cerdos al campo. No obstante, cuando los encontró lo único que éstos supieron decirle fue: 


CERDOS: Rooofgrffrfffuuuggf-uiiiu. 


Había pasado demasiado tiempo y aquella nobilísima raza ya no era la misma. Nunca nada volvió a ser como antes. Y el Hombre Orquesta tuvo que regresar a la ciudad y aprender a ganarse la vida en multitud de oficios mal pagados. Y fue pintor, y camarero y jornalero. Y también aprendió a tocar el tambor, y la fanfarria, y la trompeta, y el saxofón cuando viajó a la Unión de Estados Americanos mucho, mucho más adelante…Pero nunca olvidó sus orígenes ni los traicionó: jamás dejó de practicar las artes amatorias ni la tipografía que, ocasionalmente, por cierto, le sirvieron para decorar sus cartones y pasar la noche calentito en los primeros vagabundeos que realizó en la metrópoli. Él siempre sería un cerdo, y así se lo dijo al resto de vagabundos.

Así fue el nacimiento del Hombre Orquesta.

jueves, 14 de noviembre de 2013

CREACIONARIO.




I. MUERTE DE UNA DIGNA MOSCA.

Tétrico y frio estaba el pinar y las últimas moscas del año morían ateridas sobre las insípidas hojas del romero. Tampoco escapaban al frío las mariposas encalladas en ciertas hondonadas hasta donde las perseguía el viento marrón que susurraba, asesino, con odio a las últimas gentes que quedaban. Poco a poco todos los insectos sentían como su sangre celeste se espesaba  y cómo el cálido letargo de la escarcha se apoderaba de ellos. En unos pocos días todos estarían muertos.
Y en medio de tanta devastación:
¡Oh, qué notable manera de morir la de aquella gorda mosca!
¡Ah, aquella matrona de élitros marchitos, qué lección de saber morir le estaba dando al mundo!
¡Eh, qué paciente reposa mientras lame sus patas recubiertas de cocaína!
¡Ih, qué sandez de interjección!
¡Uh, qué oblicuos eran aquellos y ancianos ojos multidimensionales en su agonía!
Acunada por la resinosa niebla de una pequeña fogata portátil dejaba escapar la nada que llevaba dentro y se preparaba para dejar un hermoso envoltorio lleno de polvo dorado para que el mundo cruel fuera testigo, de una vez por todas, de que nada, nada, nada, ni nadie es pobre cuando se tiende sobre una hoja de romero para dejarse morir.
Aun así, a pesar de su buena intención, esta buena mosca ignoraba, o fingía ignorar, que los mirlos, las urracas y los topos siempre andaban por allí al acecho. En aquel paraje las tumbas de animales domésticos convertían el cementerio de moscas a ojos de la gente en algo trivial.  Por ellos, por aquel otrora impensable acervo de sentimentalidad hacia lo animal, más de una rubita niña pasó de largo ante nuestra santa, brillante, hermosa, absoluta, sacra, necesaria y gigantesca mosca. ¡Por culpa de ello y por nada más!
Cadáveres de ratones, perros minúsculos, cobayas despellejadas y canarios diabéticos cantan en el pinar desnudos de carne durante las madrugadas del duro Invierno.

II. EN LA TASCA ACOGEN A EXTRAÑAS GENTES.

El viejo violador de siempre se sentaba cada mañana en el mismo taburete de la misma tasca de todos los días. Era un violador ya anciano, venerable y algunos decían que hasta pederasta.  Pero eso, según él, eran solo habladurías de los borrachos. No en vano, él, sin ser injusto, consideraba que el arte de domar Lolitas había sido, fuera de toda discusión, admirablemente teorizado por Nabokov, pero añadía que él lo había perfeccionado y llevado a límites inimaginables. ¡Desde luego que él no era un bastardo violador, y prueba de ello era que no estaba recluido en ninguna cárcel! Aseveración tautológica altamente probable, aun en contra de la realidad.
El viejo violador era, en contra de lo que pudiera esperarse, un hombre tranquilo, amante de las comodidades y del estudio autodidacta de la Antropología de los modos de producción antiguo y feudal, ignorando, como no podía ser de otra manera, el modo asiático por su mayor complejidad y monolitismo que lo horrorizaba y empujaba a la devastación más negra. Estas peculiares cualidades intelectuales le hacían parecer sórdido y poco afable, pero no era así. Pues bien, aquella mañana, bajo las silbantes hojas muertos, y entre la mortífera estela sonora de coches de autoescuela lejanos; dentro de aquel bar, el viejo violador sonrió a una muchacha. Su Lolita acababa de pasar delante de su espada aún envainada y lo había saludado…

III. TEOREMA DEL GUSTO.

No era la primera vez que alguien reclamaba para sí el indudable honor de haber sido el primer ser humano en descubrir y demostrar satisfactoriamente el Teorema del Gusto. Muchos lo intentaron de buena fe y sin embargo sus ciegas tentativas acababan derivando en el mayor de los descréditos. Tanto es así que, en absolutamente todos los casos, un violentísimo aliento preñado de gérmenes metafísicos terminaba con toda posibilidad de poder al fin, degustar excesivamente y sin limitaciones las criaturas disponibles para nosotros en el vergel vitivinícola del Mundo Extenso.
La razón de este asunto es desconocida por todos los sabios de los Reinos y las Comunas, pero aunque muchos lo consideraban como un mito utópico inalcanzable, el Hombre Nuevo, por fin, halló una respuesta.
Apareció una noche en la Facultad de Ovulación Cognitiva completamente embadurnado de cal y barro. Os narro en las líneas que vienen en qué deplorables circunstancias se ve reflejado a este hombre en el panel informativo de un museo alienígena de variedades terrícolas del siglo que viene:
El Gran Ser estaba tendido en el suelo, envuelto en una bata naranja de boxeador.  Su baba goteaba  sobre una prenda interior descolorida. Emocionado ante al descubrimiento el Gran Ser se alborozaba y se frotaba contra la exquisita tela. En otra sala de la exposición y en otro panel mucho más específico se le observa varios minutos después ingiriendo aquella misma ropa. Desde luego que estas imágenes son recreaciones históricas con un alto margen de probabilidad de error., circunstancia ésta que nos lleva a afirmar tajantemente que la prudencia a la hora de emitir juicios es un Valor fundamental pero de cambio.
¿Cómo es esto posible? ¿Quién es aquel hombre? ¿Por qué le llaman Ser Supremo? ¿Por qué toca un triángulo? ¿Por qué he mencionado un tal triángulo! ¿Cuántos brazos de pulpa de niño venezolano devorará Maduro antes de que conozcamos la solución a estos enigmas?
Aquel hombre no era Salvador Durán ni tampoco vivía en La Habana. ¡A aquel tipo le acababan de cambiar la pregunta de su respuesta! Y muy pocos han reaccionado.
El Teorema del Gusto, una vez más, se escapaba de entre los dedos como la arena.

IV. VANIDADES.

El  buen gitano de las naranjas que citaba a Sartre alabó las patatas asadas con un desparpajo envidiable y salió al rellano a fumar. Cogió algo de resina de la mesa y comentó lacónico que, al fin y al cabo, ni Cervantes ni Santa Teresa de Jesús, ni siquiera el propio Sartre, habían levantado cabeza jamás, ni dicho nada en contra de un curioso hábito que él tenía.
Ni siquiera el comunismo espontáneo que vagamente practicaba era una dificultad para ello vaya usted a saber a través de qué complejos silogismos. ¿Que qué cuál es este pequeño vicio? Os lo diré. Es importante tener zapatos. Muchos zapatos. Sin duda un montón de ellos. Cantidades ingentes, industriales; cajas y cajas de ellos. Una barbaridad de zapatos. ¿Por qué?
Vanidad de Vanidades.
Pero, decía nuestro gitano autodidacta, lo importante es saber ir descalzo de cabeza. ¿En el sentido material o espiritual le pregunté?
Vaya usted a saber, respondió.

V.  ZARRIA AZUL O, AÚN MEJOR, CONTRA ACADÉMICOS.

Una tarde de Otoño una  piedra fluvial, ya muy alejada del agua, fue extraída de su sitio por un paciente del psiquiátrico más cercano dejando tras de sí el nuevo lecho de un pequeño lago. Esto jamás les importó a los célebres geógrafos de la Academia porque para ellos lo efímero de su existencia no era digno de reparo. Sin embargo, me atrevo a afirmar, constituye una verdadera lástima y una incalculable pérdida de Conocimiento Verdadero.
Una pequeña hormiga, consciente de ello, curiosea en las orillas del lago. De pronto se sobresalta, pues una hormiga guerrillera, perteneciente a alguno de los muchos comandos maoístas que proliferan por doquier, yace inerte con el cuerpo parcialmente cubierto de agua a pocos pasos de ella.
¡Ciudadanos! Háganse cargo de esta perdida hormiguita. La guerra civil lleva eternizándose mucho tiempo y la Vieja Reina se niega a abandonar la Comuna. Es pues harto habitual en estos días que el pueblo, como Rimbaud,  halle de vez en vez, cuerpos mutilados de presos políticos y soldados entre la hierba. La Juventud del Mundo se cierne ya.
Pero esto jamás lo sabrán los geógrafos.

VI. UNA CANCIÓN PARA EL CARDO.

El Cardo era un tipo muy duro. Pinchaba, era recio y bastante callado. Poco amante de las tumultuosas fiestas que se organizaban a su alrededor era más dado a los juegos de mesa, los discos y la mantequilla. Un día, de pronto, se aficionó a Camarón y ahora viaja por algún lugar de Andalucía, destartalado, entre las cárcavas, buscando el cuerpo de una mujer que no aparece. Nadie sabe por qué, ni nunca se sabrá. Ahí está, desconcertado, pensando cómo ha acabado en ese brete. Al fin y al cabo, el Cardo siempre ha sido solitario y, como mucho, se recoge junto al pino para sobrevivir a la Helada. Ésta es una historia inventada, porque evidentemente el Cardo es una planta seca. Proclive de cualquier terreno , para que lo sepan.

VII. ALEX.

           Mientras era objeto de una tremenda penetración anal, Alex, hermafrodita de veinticuatro años, pensaba en lo liviano de los placeres. Todos los días lirios de tinta se escribían en los diarios de los amantes de Alex. En ninguno de ellos se decía nada de lo que pensaba el hermafrodita, pues celosamente guardaba para sí sus intimidades más acuciantes.
El hermafrodita no se sentía discriminado: antes, equívocamente, le decían Adelaida; ahora, ambiguamente, era solo Alex. Todo estaba bien entonces; solo le queda de momento abolir el heterofaloxenopatriarcado. Tarea apenas ardua, por cierto.
Después de la eyaculación de sus amantes, Alex solía ir a la salita y se ponía a regar sus peces. Qué frágil era Alex entonces. Cuánta dedicación ponía en su empeño. Qué carantoñas hacía a las corolas de las escamas y a las escamas de las corolas. Más de uno de aquellos raros peces, en época de sequía, se quedaba marchito y raquítico; y cuando esto pasaba, desde el desgarro brotaban lágrimas de tinto que se deslizaban por los tiernos muslos de Alex.